
Columnazo de la semana, de Gorka Díaz en www.sincolumna.com
Es el trovador de las noches perdidas, los sueños rotos, las estaciones y aves de paso, las primaveras que se acababan antes de empezar, los abriles, mayos y junios que nos roba la melancolía y la luna llena que nos cuelga sobre los tejados y nos hace silbar el humo amargo de las despedidas a la hora en que maúllan las gatas del amanecer.
Sus canciones son el pan y la sal de los hogares donde si no falta el pan y la sal es gracias a la música de sus letras que hace bailar a esos sofás donde los matrimonios convencionales se engañan a sí mismos durmiendo la rutina del tiempo sin salir jamás de su pecera.
Es amigo de los vagamundos, de los locos con o sin colina, de los solteros y los divorciados, de los que se suicidan desde el viaducto o desde la ventana de su oficina, que viene a ser lo mismo, de los que sólo sueñan pesadillas por culpa del insomnio, de los que cantan tan mal que provocan aguaceros en París, de los que saben degustar el olor de las medias y de los que llevan vino tinto en la cantimplora cuando se van, en taxi, de excursión a esos montes con forma de pechos de mujer.
Tiene alas de ángel negro de Machín y un bombín para tener algo que colgar en las alcobas de las damas que le llevaban a su casa cuando era más joven y viajaba en sucios trenes en cuyos pasillos la medianoche le sacaba una lengua afilada de soledad.
Sus versos riman como esos besos que de vez en cuando nos da una camarera a la que engañamos con cualquier excusa con tal de no pagar.
Su voz ronca da fe de que ha vivido, que a fin de cuentas de vivir es de lo que se trata en esta vida, y nunca está de más pisar el acelerador por carreteras secundarias en dirección hacia uno de esos burdeles de luces rojas, verdes y amarillas en busca del consuelo que siempre ofrecen las caderas de las señoras putas.
Al menos en sus canciones, Sabina no es de los que cometen adulterio y luego se arrepienten, sino de los que se arrepentirían si no lo cometieran, aunque con el paso del tiempo ha ido renegando de algunas de sus frases como la de “me han traído hasta aquí tus caderas, no tu corazón”. Porque los años le han llevado a comprender que no hay relaciones de cama si no se cuela por lo menos una gota de amor entre tanto sudor.
Es además Sabina uno de esos tipos que no dudan en subirse, si hace falta, al Pirulí para ponerle los cuernos a los buenos modales y buscar en el horizonte a una de esas mujeres con las medias negras que torean con el bolso a las pasiones más bajas de la ciudad.
Los protagonistas de las canciones de Sabina son violadores de las convenciones de la sociedad que espían a las chicas tras los matorrales que pueblan los jardines y no dudan en desprenderse del abrigo gris de los días cotidianos para mostrar su tatuaje de pirata sin más bandera que su propia calavera.
Son también lectores de las noticias de sucesos y los obituarios, que casi siempre son la misma cosa, y a su vez gente que se cree protagonista de todas las rancheras mientras apura el penúltimo tequila bajo el sombrero de un árbol de estrellas y a cada trago llama una vez más a las puertas del infierno.
“Sabina no sólo es Dios, sino que además existe, y da sentido a la existencia de los derrotados de la vida a los que el paracaídas no se les abrirá por culpa de la nube negra”, cuenta Miguel.
Nuestro amigo llegó una vez a vomitar sobre el single de ’19 días y quinientas noches’ que un tal David Barreiro consiguió de la cadena Ser antes incluso de que se comercializara. No lo hizo porque no le gustara la canción, que de hecho todavía le emociona y recuerda a su más crudo pasado, sino porque le sentó muy mal una noche en la se emborrachó con rumbas de Bambino (“te odio tanto, que hasta yo mismo me espanto”) en los bares de Malasaña y terminó eclipsado por la oscuridad en plena sala Sol. Pero su amigo logró salvar aquel CD tras pegarle una buena ducha y se lo envió de regalo a una novia que probablemente nunca supo del pasado de aquel CD que tenía entre las manos.
Cuando recientemente pudo disfrutar en Benidorm de la reaparición en escena de Joaquín Sabina tras sus devaneos con la depresión de nubes negras, Miguel se sintió muy feliz al comprobar que el flaco de Úbeda está todavía mucho más vivo de lo que está y ha estado nunca. Y se puso a recordar la noche en la que con apenas once años escuchó por primera vez la voz de un cantautor que hablaba de que el mar es un vaso de ginebra, de que hay bragas que se olvidan en el armario y de que la muerte es algo así como una bella dama que vendrá a visitarnos a todos algún día. Que en el caso de Joaquín sea lo más tarde posible, que sus canciones son el bálsamo que necesitan los agujeros que tenemos en el alma y nos resultan imprescindibles para poder bailar mientras la lluvia moja con sus gotas las capotas de los coches.
Aprovecho para recomendaros, y no sólo a los adictos a Don Joaquín, un rincón: www.joaquinsabina.net
No hay comentarios.:
Publicar un comentario